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“Conócete. Acéptate. Supérate”
Posted On : Mar 31, 2018

Conocete. Aceptate, Superate

 

“Conócete. Acéptate. Supérate”

-Agustín de Hiponia-

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Nací en Costa Rica en el seno de una familia pobre pero con la fortuna de que mis padres valoraban la educación. Mientras otros niños eran puestos a trabajar en las huertas, mi papá, a pesar de ser casi analfabeto, me alentaba para que me enfocara en el trabajo escolar. Lamentablemente, el horizonte académico que mis padres concebían para mí era muy estrecho, ir a la universidad, en aquel momento era algo impensable.

Ser pobre fue quizá lo mejor que me pudo haber pasado pues no tener seguridad me obligó a buscar y construir mis propias opciones. He visto que tener, para muchos se convirtió en una trampa. Porque les acercó el horizonte o les creó la ilusión de que el futuro iba a ser siempre como el pasado.

Hacia finales de la década de los 1970s, la economía mundial se desplomó y en Costa Rica hubo una gran escasez de comida. La pobreza se multiplicó y todos sentimos de una o de otra manera el efecto. Hasta ese momento a mi papá le había ido relativamente bien. El trabajo arduo pagaba. En ese momento mi papá todavía se consideraba un agricultor. Dos o tres veces por semana él iba al mercado llamado Borbón o al mercado llamado Mayoreo, a vender los productos de la huerta. Culantro, cebolla, apio, lechuga entre otros. Mis hermanos y yo esperábamos con ansia porque mi papá siempre traía cosas en el saco, como natilla, jalea (“Tricopilia”), queso fresco, leche en polvo (“Pinito”) y frutas. Pero cuando la crisis nos golpeó, se volvió imposible vender los productos, los precios eran muy bajos o bien la gente no compraba. Ahora como adulto y con dos hijas no puedo imaginarme lo difícil que debió haber sido para mis padres aquella experiencia. No obstante hay algo que recuerdo como si fuera ayer: el día de navidad en que el “niño Dios” no nos trajo un juguete. Recuerdo estar mirando por la ventana a los niños que pasaban con sus juguetes nuevos por la calle. Era domingo y yo no quería ir a misa porque se suponía que todos los niños llevaban sus juguetes para ser bendecidos. Pero como Dios es tan grande, hacia el final de la mañana mi tío Alfonso llegó a nuestra casa y se dio cuenta de que estábamos tristes. Entonces se fue y un rato después volvió con unas pelotas de plástico, una para mi hermano y otra para mí. A mis hermanas les había traído una muñeca. La pobreza tiene muchos rostros y no es cierto que la gente pobre no trata, a veces simplemente la vida es muy difícil y solo la generosidad de otra persona puede cambiar las cosas. A lo largo de mi vida me he encontrado con dos tipos de gente, un tipo es el de la gente cínica que piensa que la gente pobre lo es porque quiere, el otro tipo es el de la gente genuinamente generosa. Mi tío Alfonso fue el primero de una larga lista de personas que me han ayudado. Por eso dediqué mi trabajo de graduación a la gente común, que paga impuestos para crear oportunidades para gente como yo.

Las cosas no mejoraron en los años subsiguientes. En una oportunidad le mencioné a una de mis profesoras que en la casa estábamos pasando por una situación económica muy mala y ella me refirió con la orientadora, quien ese día me dio una bolsa con comestibles para llevar a la casa. Esto se repitió varias veces durante ese año. No era fácil cargar la bolsa, no por su peso, sino porque me daba pena hacerlo. El año siguiente las autoridades del Liceo de Escazú me incluyeron en un programa de becas estudiantiles patrocinado por la municipalidad y durante varios años recibí una beca.

En el tiempo de mi adolescencia, era común que los estudiantes de secundaria hicieran tres años en el sistema regular y terminaran los dos últimos años en una escuela vocacional, aprendiendo un oficio. Las familias hacían esto porque les ofrecía la posibilidad de que sus hijos comenzaran a trabajar más pronto. Ese año mi papá me matriculó en una escuela secundaria en donde me iban a enseñar a ser maestro de obras. Maestro de obras es la persona que dirige las construcciones de edificios y otras obras de ingeriría civil. Es la persona que maneja los obreros y recibe instrucciones de los profesionales como los ingenieros y arquitectos. El primer día de clases del año siguiente, cuando iba en el autobús rumbo a esa escuela, al pasar por mi antigua secundaria, me bajé y me fui directo a buscar a mis compañeros, y me senté en el primer pupitre vacío que encontré. A pesar de nuestra pobreza, mis padres me apoyaron cuando decidí no ir a la secundaria vocacional. En ese momento yo vi la secundaria vocacional como una amenaza, ya que mi deseo era ir a la universidad. Algo me decía que si me convertía en maestro de obras, ese era el peldaño más alto que iba a subir en la vida.

El origen de mi insaciable interés por la ciencia es posiblemente la enorme cantidad de documentales científicos que vi cuando niño. Pero la transformación del interés en realidad se debe a dos personas. En primer lugar al astronauta Franklin Chang Díaz, cuya carrera he seguido desde que Franklin fue por primera vez al espacio en el transbordador espacial en 1986. Franklin me inspiró tanto que construí una réplica de un cohete Apolo. La admiración por la tenacidad y la excelencia técnica del astronauta Franklin Chang Díaz nunca ha disminuido. La segunda persona es la doctora Giselle Sandi Tapia. Giselle, es la persona que me inspiró para convertirme en químico. Eso ocurrió cuando yo cursaba el décimo año de la secundaria. Giselle cursaba la carrera de química en la Universidad de Costa Rica y ese año realizó su trabajo comunal universitario en el Liceo de Escazú, donde yo estudiaba. En el Liceo de Escazú no había laboratorio, así que Giselle improvisó uno para enseñarnos la síntesis química de un aluminato de manganeso. Esa experiencia plantó en mí la semilla del deseo de estudiar química.

A pesar de sentir el gusanito de la curiosidad, siempre dudaba de mis capacidades. El último año de secundaria, justo antes de enviar mi aplicación para ingresar a la universidad, le pregunté a mi profesor de matemática, don Gerardo Arias, si él creía que yo tendría alguna posibilidad de éxito al ir a la universidad. Don Gerardo me respondió con un rotundo sí; no obstante la duda siempre estaba ahí como un fantasma susurrándome al oído. Retrospectivamente, ahora me doy cuenta de que debe haber millones de muchachos y muchachas que han vivido vidas parecidas o más duras que la mía y que son acosados por las mismas dudas. Muchos ni siquiera se hacen la pregunta, porque están convencidos de no merecer nada mejor. Hay otro grupo de jóvenes que no creen que la educación sea la puerta a una vida de abundancia y significancia, estos sin embargo desean superarse y son los que caen presa fácil de los narcotraficantes y otros criminales que los seducen.

Desde siempre he deseado entender y resolver el problema del subdesarrollo. No habiendo encontrado respuestas en Costa Rica, decidí hacer un doctorado como trampolín para expandir mis horizontes intelectuales y culturales. Con ese propósito vine a los Estados Unidos de América. El resultado es equivalente a un salto cuántico en mis percepciones de la realidad local y mundial. Ahora entiendo que la problemática que arraiga el subdesarrollo y la ineficacia institucional es autogenerada. La crisis es interna y se resume en un mal manejo del país y sus relaciones con el mundo. Aunque existan elementos históricos con cientos de años de longevidad, el problema se puede reducir simplemente la carencia de un sistema eficaz y eficiente para manejar la sociedad. Es un problema técnico de organización o administración de los recursos, incluyendo el recurso humano o la población. Por este motivo, la culpa es de todos los y las habitantes del país.

Las buenas intenciones no son suficientes. La sociedad global es muy compleja y complicada. Por eso para mejorar el manejo de la sociedad, su infraestructura, el ambiente y el recurso humano, es necesario actualizar paradigmas y consecuentemente las regulaciones internas del país. El marco legal debe permitir un manejo dinámico para reaccionar ante las amenazas y aprovechar las oportunidades.

Ciertos grupos muestran desprecio hacia los individuos con gran prestigio y títulos académicos. Esto es comprensible porque algunos de estos individuos han cometido graves actos de corrupción. La falacia está en creer que la gente pobre y poco educada es menos corrupta y puede hacer las cosas iguales o mejor que la gente bien entrenada. Los resultados alcanzados por los líderes de los países desarrollados y de las compañías multinacionales demuestran que el tipo sofisticado de persona con altos niveles educativos es un ingrediente esencial para alcanzar las metas de las organizaciones, ya sean estas un país o una empresa. Como una golondrina no hace verano, es indispensable que la sociedad cuente con una gran cantidad de individuos altamente educados, cosmopolitas y acostumbrados a los rigores de una clase mundial de líder o profesional. Para generar el cambio con prontitud es indispensable hacer cambios en las leyes migratorias para atraer un mayor flujo de profesionales y líderes de alto nivel. Se debe participar en la competencia mundial por la gente más productiva. Además, es necesario educar a la población en cuanto a que contar con gran cantidad de científicos y profesionales de alto nivel es indispensable para que cada habitante consiga un buen empleo y mejore su calidad de vida. Como Andrés Oppenheimer plantea en su libro Basta de Historias, el aferro al pasado discapacita.

Hay varios elementos básicos en el manejo de una ciudad. Los países pobres fallan en lo más elemental, como mantener las vías de comunicación, manejar bien los desechos sólidos y asegurar la propiedad, como el correo postal y la seguridad. Estas son las faltas que conducen al desempleo y la pobreza, porque el comercio interno y externo depende de estos elementos. La peor aberración consiste en adoptar ideologías que niegan los principios naturales que originan la dinámica comercial entre individuos y organizaciones. Obstaculizar el intercambio de bienes y servicios con regulaciones es un crimen.

Imponer ideas y métodos nunca ha funcionado. Solo cuando el individuo siente el aprendizaje como su propio descubrimiento, éste desarrolla voluntad para emprender. La solución de cualquier problemática social debe originarse desde adentro. La mayoría de los principios del buen manejo y las soluciones a muchos problemas de la vida urbana ya han sido descubiertos, gracias a que en los países desarrollados existe una cultura que valora la investigación científica. Por esto las mejores universidades del mundo están en los países desarrollados. No solo hay que abrir las fronteras y crear programas para seducir a las personas más productivas del mundo para que vengan a vivir al país de uno, también hay que formar una gran cantidad de científicos y profesionales al nivel más alto. La ubicación estratégica con respecto al país con el mejor sistema universitario del mundo es una oportunidad para Latinoamérica. Por resentimientos, barreras culturales, ignorancia y paradigmas obsoletos, esta oportunidad no ha sido aprovechada.

R. Marin


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